Una oscura noche de invierno, andaba por las frías calles sin saber dónde me adentraba, la temperatura probablemente estaría bajo cero, pero yo estaba sudando. Hiperventilaba y mis latidos era superiores a la media normal, ¿ansiedad? No lo sé.
Esa misma noche, entré por la puerta de un bar. Pedí lo de siempre, "una de Jack, por favor". El camarero me miraba como si fuese un monstruo, mientras yo tenía la mirada perdida intentando recordar a aquella chica.
Una vez el camarero me sirvió la copa, se acercó a mí un caballero, vestido de traje, unos cincuenta años, con un bastón en su mano derecha, canas y gafas Calvin Klein.
Me dijo, "te veo perdido muchacho." Acto seguido, me invitó a otra copa. Pasaron las horas, vasos vacíos y ya habíamos entablado conversación, extraño fue.
Me dijo que ya no me veía tan perdido, pero sí notaba que había perdido algo. En ese momento, mi mano quedó sin fuerzas y mi vaso cayó.
"¿Había perdido algo?" esa era la pregunta que me hacía de camino al bar. Desabroché un poco mi corbata y me senté en el sofá del bar, mientras pedía la última copa de la noche. Antes de irse, aquel caballero me dijo una frase que, me marcó. "Si intentas recordar algo, primero recuerda quién eres. Si estás perdido, lo que buscas no lo encontrarás de esa manera. Buenas noches joven."
Dejé la copa en una mesilla que había en frente del sofá, e intenté recordar.
Vagas imágenes de no más de cinco segundos venían a mi cabeza, risas, llantos, venían a mí pequeños fragmentos de lo que podía ser una cara de alguien, una bonita curva, vaya sonrisa... una mirada penetrante, vaya ojos, una voz que disipaba el dolor, pero no conseguía tener un recuerdo estable. Mi cabeza no paraba de dar vueltas y yo seguía perdido por más que lo intentase.
Pedí la cuenta y pagué al camarero, inmediatamente salí de aquel bar. "No sé si me vinieron bien esas copas" pensé.
Pasé gran parte de la noche diambulando por la calle, eran ya las 5:03am, y yo seguía perdido, hasta que de repente empezó a llover. Me metí en un callejón cubierto, recostado sobre una pared, suplicando a Dios que se apiadase de mí, que me devolviese al menos un recuerdo.
Era un vivir sin vivir.
Eché mi cabeza sobre un contenedor para al menos intentar dormir. En ese momento, entré en un sueño donde yo era el testigo de lo que tanto ansiaba por ver, mis recuerdos.
Vinieron todos como si de una película casera se tratase, y fui observando cada uno de ellos. Todo era tan aleatorio, pero seguía un orden, el orden lineal de mi vida.
Entre ellos, habían recuerdos de cuando era crío, con mi hermana, mi fallecido tío, mi familia, los viajes que había realizado, todos empaquetados en cuestión de minutos. "Breve y movida vida la mía" pensé. Entonces, llegó ella, mi cabeza detuvo gran parte de estos recuerdos a cámara lenta, al fin la había encontrado.
Recordé los paseos por la orilla de las Canarias, aquél bonito verano. Recordé ese viaje improvisado a París por el día de los enamorados. Recordé cuando nos escapamos en semana santa sin que nuestros padres supieran nada. Recordé como me encantaba picarla y hacerle guerra de cosquillas, lo bonito que era plasmarla en un papel y colgar sus retratos por toda la casa. Recordé también el día que me escribió un poema en la espalda, mientras yo me perdía en sus lunares. Nunca supe que ponía aquel poema. Pero también recordé no sólo lo bonito... recordé discusiones, llantos de su parte, portazos, pero a pesar de eso, se nos veía muy feliz.
Entonces sonreí y pensé lo imprescindible que puede llegar a ser una persona, y cómo alguien más joven que tú puede llegar a ser tu maestro y tú su alumno.
Estaba ya por el final de mis recuerdos, ¿cómo puede ser esto? ¿si hace un momento estaba bebiendo en un bar y manteniendo una conversación con un señor? Pues me equivocaba. El último recuerdo que tuve fue el de subir al coche y partir a su casa, después de una fuerte discusión por teléfono.
Quizás quería presentarme y pedirle disculpas, pero no sé realmente lo que quería hacer, sólo sé que llevaba una pequeña caja de Swarovski en el lado del copiloto. Fui por la carretera principal hacia su casa, el velocímetro pasaba rápidamente de 80 a 100, de 100 a 120, y como si nada, todo acabó. Ese era mi último recuerdo. Pero si era así, ¿cómo hablaba conmigo mismo? "No es lógico" me decía. "Quizás cada cosa tenia su sentido" suspiré. Y empecé a buscarlo.
Las calles frías quizás reflefaban aquella noche y el trayecto, el bar reflejaba un sitio donde parar a pensar y orientarme, la bebida un método de distracción y el caballero del bastón mi guía. Una vez perdido pero encaminado, el callejón era la clave, ¿pero qué me impulsó a recordar? ¿qué me impulsó a seguir adelante?
Abrí los ojos y seguía en ese callejón, las calles solitarias y cada vez más oscuras, pero al final de éste, surgió una fuerte luz, y una voz que gritaba mi nombre, "¿Quién eres?, ¿me oyes?" grité con las pocas fuerzas que me quedaban. Seguían las voces, así que decidí correr hacia ellas, sin saber lo que esperaba pero confiando en esa voz, me resultaba familiar.
Salté a lo que podría haber sido el final y una vez más, me equivoqué. No era el final, era la forma de retomar lo que había dejado a medias y lo que quizás una fuerza divina me devolvió, la vida.
Me desperté y lo primero que vi fue a ella dormida en un asiento de lo que parecía ser un hospital. Pegados a mí, cables y máquinas que iban al compás de mis latidos, pero eso me importaba cero, la había encontrado, todo lo que estaba buscando. Y quizás mi fuerza era ella, el motivo para despertarme.
Al final encontré lo que había perdido sin saber que siempre había estado conmigo.